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viernes, 1 de julio de 2011

Critica Jorge Villacorta

La seducción empieza por el envase. El deseo despierta acompañado por la proliferación de formas y tamaños. Nada es gratuito en la forma y el tamaño, tampoco en la forma y el color. El productor prefiere lo estándar, lo uniforme y lo replicable. El diseño industrial encuentra sentido no solo en valerse de lo agradable de un patrón decorativo sino también en una construcción de imágenes recordables, aunque claro, siempre es más fácil recordar aquello que entra por los ojos con gusto. Cuando el consumidor se convence a si mismo que alguien ha tenido su sensibilidad en cuenta y que ha pensado especialmente en sus preferencias, se encuentra muy a gusto. Un aroma, una fragancia evanescente es un perfecto intangible que hace que uno sienta sus sentidos tan halagados que resulta inverosímil pensar en que no sea naturalmente para uno. Ocurre a menudo que el consumidor no cae en cuenta que cuando los números aumentan, la ilusión de individualidad no sobrevive sin menoscabo. Pero eso es solo parte del trasfondo que a Carolina Bazo le ha interesado investigar mientras imaginaba una línea no lineal de productos artísticos elaborados sobre la matriz transformada de un perfume creado por un diseñador.

La línea de Bazo es sinuosa e irregular y es porque en la asimetría se cumple otra manifestación del atractivo de un objeto artificial que no emerge de una línea de producción masiva y automatizada para sumarse al mundo por la tangente del arte. Aquí en cada caso estamos ante un diseño individualizado que se propone como la base del principio de placer para consumidores de imaginarios. Apela a las sensibilidades de todos los sexos y edades. Cada quien descubrirá luego que las formas abstractas de acento orgánico contenidas en las placas de resina tienen un pequeño rostro, una identidad. La artista juega con estas representaciones femeninas de manera sutil: una mujer araña, una matrona regordeta, una mujer fatal, una vieja perica, una adolescente rebelde y otras. Se trata, también, de un juego de alusiones a un comercio en el cual el intercambio simbólico no lleva a nadie de regreso a una percepción idealizada de la naturaleza humana como bien eterno. Forma y color encapsulados podrían estar sugiriendo poderosamente que la belleza de la mujer es un bien preciado. La ausencia de unidad y la irrepetibilidad en la presentación señalan, sin embargo, que la belleza formal francamente no es una opción real. No hay por qué apresurarse en afirmar que belleza = valor eterno; del mismo modo que no es verificable y menos eterna, la esencia de la mujer, el llamado eterno femenino. En esta instalación de gran economía de medios se insinúa, se especula, se decanta, se destila y se respira una pluralidad femenina en la que se asume que las individualidades todavía tienen que reconocerse plenamente unas a otras para afirmarse en conjunto en el mundo cambiante, contingente, contencioso y beligerante modelado por varones. 

viernes, 27 de noviembre de 2009